martes, 17 de noviembre de 2009

Hace frío

Hace frío. Lágrimas todavía tibias surgen sin querer. Bajan lentamente, congelándose antes de llegar a caer, tal como ríos secos antes de llegar al mar. Noto como el aire frío choca contra mi piel como si fuera un cuchillo de hielo, y deja mi mejilla, esa mejilla que tantas veces besaste, roja, congelada como una fina capa de agua en el pétalo de una flor.

Con el dorso de la mano, rompo la escarcha que cubre mis ojos, deseando romper también la de mi corazón. Me encojo, como si el calor que desprende mi cuerpo pudiera ahuyentar la oscuridad escondida en la pupila de tus ojos, esos ojos que tantas veces miré y que todavía veo en cerrar los párpados, aunque tú ya no me veas a mí.

Sigo andando, pasito a pasito. Las ojas secas bailan entre mis pies, empujadas por la fuerza de una mano invisible. Tropiezan, se persguien, se pegan a mis piernar. Y, sin previo aviso, se van. Me quedo sola. No hay nada, no hay nadie a mi alrededor. Estoy sola en mefio de una negrura tan densa que casi puedo tocar, como el centro de tu iris azul, separado del verde por un sendero amarillo en donde tantas veces me perdí. Me encuentro en una cruzada, más de un camino a elegir. Cierro los ojos y te imagino, sentado feliz en mi jardín. Te miro, pero no tú a mí. Hacia dónde he de seguir?