Con el dorso de la mano, rompo la escarcha que cubre mis ojos, deseando romper también la de mi corazón. Me encojo, como si el calor que desprende mi cuerpo pudiera ahuyentar la oscuridad escondida en la pupila de tus ojos, esos ojos que tantas veces miré y que todavía veo en cerrar los párpados, aunque tú ya no me veas a mí.
Sigo andando, pasito a pasito. Las ojas secas bailan entre mis pies, empujadas por la fuerza de una mano invisible. Tropiezan, se persguien, se pegan a mis piernar. Y, sin previo aviso, se van. Me quedo sola. No hay nada, no hay nadie a mi alrededor. Estoy sola en mefio de una negrura tan densa que casi puedo tocar, como el centro de tu iris azul, separado del verde por un sendero amarillo en donde tantas veces me perdí. Me encuentro en una cruzada, más de un camino a elegir. Cierro los ojos y te imagino, sentado feliz en mi jardín. Te miro, pero no tú a mí. Hacia dónde he de seguir?
Cualquier camino es bueno mientras sigas adelante.
ResponderEliminar