Remontar un río a contracorriente no es una cosa fácil, todo el mundo lo sabe. En cambio, seguir el curso del río es plácido y sin ninguna complicación. Aún así, subiendo a contracorriente se hace un gran aprendizaje, y nadie aprende nada si se deja llevar.
Subir en vez de bajar es querer llegar a alguna cosa, querer ser algo más que uno entre mil millones: bajar junto a la corriente es de cobardes, de aquellos que no tienen personalidad y que prefieren no sufrir e ignorar cuan bella es la vida. Subir es esforzarse para llegar a un sitio, para cumplir algún propósito, para hacer real un sueño.
Aún así, cuando luchas contra la corriente puedes caer en el intento. Si caes, lo puedes hacer de dos formas: caer prácticamente muerto, y seguir la corriente ya sin alma ni sentimientos, siguiendo vivo simplemente por el miedo a la muerte, muerto por un sueño no alcanzado. O caer por voluntad propia, o por miedo a no poder seguir aguantando tanta presión, ya que como más lejos llegas, el agua baja con más fuerza. Entonces sigues a la multitud, sigues la corriente para no tener que pensar, y siempre con esa frase en la cabeza: qué hubiera pasado si hubiera continuado?
Así pues, sólo unos pocos llegan a remontar el río, pero muchos se van parando por el camino, más cerca o más lejos dependiendo de la magnitud de su deseo. Sólo los más ambiciosos y los más fuertes llegan a la fuente del agua, la misma fuente de la humanidad, de la vida. Ésos son los GRANDES.
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